-Te estás volviendo más grande- me decía la gente en la calle. Al principio me sentí feliz de poder alcanzar las cosas más altas de la alacena, pero luego, cuando ya no podía entrar por la puerta y la ropa y los zapatos ya no me quedaban, desee con todas mis fuerzas que todo aquello parara.
Sin embargo ni doctores, ni brujos podían evitar que yo siguiera creciendo. Fue entonces cuando superé la altura del techo y ya no pude permanecer en mi casa. Horas después, ya no podía permanecer ni siquiera en la ciudad, pues los autos eran como tortugas a mi alrededor, que sonaban sus cornetas gritándome que no estorbara, los edificios, eran como inmóviles arbustos de concreto y las personas eran hormiguillas aterrorizadas y molestas de que algo como yo interrumpiera tan abruptamente su rutina en la ciudad.
Me fui aunque no faltaba mucho para que me pidieran que me fuera, pues ya era obvio que no podía ser parte de la ciudad y quería irme antes de que el miedo que proporcionaban las noticias sobre la “Chica gigante” se convirtiera en odio.
No había manera en que pudiera sentirme más sola, todos me temían, me odiaban o me ignoraban y no dejaba de preguntarme mientras me enjuagaba las lágrimas por qué y cómo era que había crecido tanto que ni siquiera podía controlarme a mí misma.
Era la misma de siempre, pero mil veces más grande, incapaz de encajar en algún lado, sin poder acercarme a un amigo de verdad sin aplastarlo.
No había nada más que una gigante yo que no dejaba de sentirse pequeña, inútil e inapropiada por dentro. Era demasiado y al mismo tiempo muy poco para todos aquellos que me rodeaban, pertenecía ahora a un mundo solitario compuesto únicamente por mí, acunándome con ruidos lejanos de un universo capaz de abarcar todo excepto a mí.
Me senté en una playa vacía, preguntándome si el mar, que una vez me había parecido tan extenso seria ahora capaz de cubrirme las rodillas.
-¡Hey chica gigante!- pareció llamarme una vocecilla. Miré a mí alrededor y lo vi sonriéndome, con sus ojillos café puestos en mí.
-Hola- le saludé sabiendo que tarde o temprano huiría aterrorizado.
-¿Puedo estar contigo por un rato?- me preguntó acercándose a mí dando grandes pasos.
-Nadie quiere estar conmigo- le respondí con una sonrisa melancólica- Soy un completo desastre, por eso debo estar sola-
-Eso está bien- respondió él con tranquilidad- Yo también soy un desastre- él se colocó a mi lado y yo extendí mi mano en el suelo con mucho cuidado de no aplastarlo, él escaló mis dedos y se paró en la palma de mi mano, yo lo acerqué a mí para verlo más de cerca.
-¿Estás seguro de querer hacer esto?- le pregunté mirando sus ojos café a través de sus lentes –Soy demasiado grande para ti, ¿No temes a que te aplaste con uno de mis dedos?-
-Somos del mismo tamaño por dentro- respondió él tranquilizándome con su sonrisa- Yo sé que tú no me lastimarías-
Le sonreí mientras que el día llegaba a su fin y me acosté en la arena acunándolo a él entre mis dedos para que pudiera dormir cómodo.
-Quizás algún día yo pueda alcanzarte- me dijo mientras se quedaba dormido.
-Quizás- le respondí en un susurro para no interrumpir su sopor.
-O quizás algún día tu vuelvas a tu tamaño normal-
-Ojala- le respondí cerrando mis ojos bajo las estrellas.
Al día siguiente abrí los ojos y vi que él ya no estaba en mis manos.
-¡No!- dije con lágrimas invadiendo mis ojos, buscándolo con desesperación entre mis dedos, deseando no hallarlo aplastado por mis manos.
-Aquí estoy- dijo él. Me di la vuelta y vi que él estaba detrás de mí, sonriéndome. Nuestros rostros estaban a la par, él y yo éramos del mismo tamaño. Llena de felicidad me pregunte si él habría crecido o si yo había regresado a mi tamaño normal… Pero al ver de nuevo su sonrisa supe que no importaba.
Nota: Adaptacion a Bebeme


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